Eclosión - EJE.

domingo, 5 de abril de 2009

El mal Carma

Hace años, en plena revolución de algo sin precisar, justo entre los turbulentos sesenta y finales de los ochenta, cuando algunos todavía eramos insultántemente jóvenes, estalló, por mediación de los superfamosos de la época y especialmente amparado por las crisis espirituales de los únicos, genuinos y terriblemente influyentes Beatles, estalló repito, el interés por conocer de primera mano los misterios del (valga la rebuznancia) misterioso Oriente que, expuestos de forma etérea y espiritual por no se qué maharashis de nombres especialmente difíciles de escribir si no se tiene el modelo caligráfico delante, nos empujaron a unos niveles de existencia alada que, en otras circunstancias, posiblemente hubiéramos rechazado, pero que en ese momento, el momento justo, nos dejaron alelados y con la mandíbula caída. Prendados de toda la parafernalia externa, de formas -ya sabéis, incienso, cortinas gaseosas como complementos decorativos en todo hogar que se preciara de moderno, pachulí (dios me confunda, llegué a decir que me gustaba, jajaja) henna, etc, como si no se hubiera ya desarrollado la industria cosmética como dios manda-, como espirituales, de comportamiento, que nos empujaban a encontrar el éxtasis, tras los pasos de los distintos lideres espirituales y de los ejemplos literarios que desde Hermann Hesse, por un lado y la ejemplar tenacidad y paciencia de su lobo estepario, pasando por Richard Bach, con sus conceptos ya algo más complejos de Juan Salvador Gaviota o Jack London, con la profundidad de sus personajes solitarios nos fuimos convenciendo de que una existencia que se preciara, tendría que pasar cuando menos por unos paseos descalzos por la orilla del mar en pleno diciembre, unas buenas horas de meditación al día y como mínimo, un flagelarse con acelgas nada mas levantarnos, mientras nos declarábamos vegetarianos radicales con algunos matices (lactovegetarianos, ovovegatarianos y/ o/ u/ lactoovovegetarianos que, según entendíamos, transcendencia el vegetarianismo más puro, pero menos alimenticio, para acercarnos al nirvana, a golpe de revuelto de espinacas y hamburguesas de tofu con unos buenos huevos fritos.
En cualquiera de los casos, la clave de todo residía en el Carma, especie de Autopista espiritual que, atravesando los eones, vigilaba la vida de los individuos y, en cualquier reencarnación y por sorpresa, nos ponía en el cuerpo de una hormiga si no habíamos sido muy buenos y cumplido los preceptos de la vida ordenada cuidando nuestra alma (por cierto, tengo que consultar al ministerio de Igualdad si es El Alma o La Alma, en fin, ya nos lo dirá Bibiana) o, en el peor de los casos nos hacía reencarnarnos en un personaje vil y miserable -imaginaros siendo zapateros, por ejemplo-.
En fin a lo dicho, en la época, todo el misterio del Carma, se circunscribía al individuo, pero como toda teoría revolucionaria, menos el Nacionalismo, se ha visto revisada desde los mismísimos comienzos. Así, con el paso del tiempo, lo que era una cuestión íntima del individuo consigo mismo, se fue transformando en una situación de grupos que iban creciendo y padeciendo los resultados de su comportamiento social o antisocial; de esta forma, pasamos del provervial "he tenido que ser muy malo en otra vida para terminar en este curro" al conmovedor "Jodeeer, esta asociación tiene malas vibraciones, me da que hay mal carma".
Indudablemente, los países pagan en el devenir de la Historia sus malas acciones pasadas, pareciendo confirmar con los hechos la máxima espiritual y parece que es más verdad especialmente en nuestro caso, el caso que a pesar de los circunloquios y la paja escrita nos ocupa desde el principio; que después de dominar el mundo en el pasado hemos acabado, como hemos acabado, y esto en el fondo, nos autoriza a decir en voz alta y sin miedo a equivocarnos "Coño, este país tiene mal Carma".
Y es verdad, tiene a Carma Chacón

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